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lunes, 31 de octubre de 2011

Capitulo 2 "Mala Jugada"

II. Mala Jugada

Rosalinda

Trabajar en un zoológico no me parecía repulsivo como a la mayoría de las chicas les solía ser. Acariciar a los monos, darles de comer a los gatos por así decirle a los leopardos, panteras, leones y otros, bañar a los caballos o cualquier otro tipo de maniobra relacionado con mamíferos y aves. Al contrario lo disfrutaba, definitivamente eran la compañía que comprendía mi situación, claro después del difunto Mark. A veces imaginaba que charlaba con ellos y casi siempre era tan real. Tenían los mismos sentimientos como cualquier ser humano, de eso estaba segura. Era desagradable oír a los adultos decirles a sus hijos “No te entienden, son animales que pueden saber”, etc.
La tarde caía en un precioso crepúsculo que en cuestión de minutos seria bloqueado a mi vista por los grandes edificios de Londres. Solía admirar estas tardes en compañía de mi padre conversando de mis actos compulsivos para atacar a los “villanos populares” de la universidad. Esas personas que solían hacerme la vida imposible cada vez que tenían la oportunidad. Hoy era una noche más sin él…mi apoyo incondicional.
La brisa de los arboles era efusiva, el último tramo que recorría para llegar a mi hogar ciertamente me daba un sentimiento peculiar. Siempre tenía la opción de pasar a la orilla en lugar del centro, pero me parecía placentero el olorcito a tierra con viento floral.
—Rosalinda— escuche mi nombre de golpe—Rosalinda—de nuevo y claro
— ¿Quién eres? — voltee a todos lados haciendo que los vellos de la nuca se me erizaran.
— Que linda eres—dos sombras aparecieron. Una detrás y la otra al frente.
— ¿Quiénes son ustedes?
—Sabía que lo preguntarías pero no habrá respuestas hasta llegar. ¿Por qué no vienes con nosotras a donde perteneces? — el viento comenzó a golpear en mi cara como si estuviera advirtiéndome que algo malo se avecinaba. El viento mi gran amigo, mi mensajero…
— Esto es una pesadilla
— Somos tan reales como lo eres tú. Hazlo fácil, no queremos hacerte daño
—Por ahora— oí una risita a mis espaldas
— ¿Tu pequeño hermano y tu madre te esperan no es así?
— ¿Cómo saben que…? — ¿Cómo sabía de mi familia? Salí corriendo hacia la derecha con la velocidad que Mark jamás me había permitido. Ellas me seguían saltando de rama en rama con tanta facilidad y destreza, era una escena verdaderamente escalofriante, como sacada de una película de terror. Sentí un gran alivio al ver a una persona, más no una cara conocida. Tenía que ser todo normal y creíble, baje la velocidad y actué lo mejor posible.
—Buen hombre me alegra verlo—simule estar agitada
— ¿Niña que te pasa? —pregunto preocupado
— Hay un hombre que me sigue, si no es mucho molestarlo, ¿podría llevarme cerca de mi casa? —roge con la mirada. Es probable que se pensara. “Que tonta. ¿Quien en su sano juicio podría confiar a la primera en un desconocido?”. Pero era preferible que  ser atacada por siluetas oscuras que no tenían una sola pizca de ser amigables.
— Por supuesto no hay problema, sígueme por acá esta el auto— al encontrarme adentro volví la vista hacia los árboles, allí estaban ambas, erguidas en las ramas más altas observándome con sus miradas realmente mezquinas. Se giraron para sí y se desaparecieron entre las hojas.
—No te preocupes aquí estás segura—menciono al ver que me aseguraba de que “el supuesto hombre” no nos siguiera.
— Si losé, es muy amable—me hundí en el asiento

    Muchísimas gracias señor—cerré la puerta del vehículo y proseguí hacia el puentecito que daba a la casa sin antes escuchar un “No hay de que”

    Seguro tienes una explicación—alego
    Quería un pequeño aumento  por eso llegue tarde, lo siento
    Hija sabes que desde que falleció tu padre…— no le permití continuar.
—Ya lo has dicho muchas veces—hice una mueca—… Por cierto el día en que sucedió menciono que yo no era  hija de su sangre, ¿Crees eso?, por un momento en verdad pensé que era cierto—engullí un pedazo de pan. El rostro de mi madre cambio tardando más de un minuto en hablar
— Tu padre decía la verdad—solté la cuchara causando que me atragantara con el jugo de la sopa.
— Estas jugando
— No jugaría con algo así Rose, no pensé que llegaría el día en que te lo diría y mucho menos sola sin el apoyo de tu padre—¿De qué demonios hablaba?
— ¿Estas escuchándote? — casi grite pero recordé el profundo sueño de Eric
—Hace dieciocho años Mark y yo dábamos la rutina en el parque, era temprano y el sol aun no salía, de repente escuchamos el llanto de un recién nacido— veía borroso a causa de las lagrimas que estaban por brotar.
—No quiero escucharlo— tape mis orejas como una niña malcriada
—Tienes que hacerlo hija. Desgraciadamente yo no podía quedar encinta o al menos eso decía el médico y se nos hizo fácil llevarte con nosotros. Te veías como un ángel en una canastita llena de todo tipo de  flores y solo una sábana blanca cubriéndote el cuerpecito, no podíamos dejarte a tu suerte— me levante bruscamente de la mesa, dirigiéndome a los escalones y subiendo a torpes trompicones
—Rose escúchame— pronuncio piadosa.

Me recargue en la puerta dejándome caer y contraer las piernas a mi pecho. ¿Cómo era posible? Vivir engañada por las personas que amaba durante casi dos décadas. El llanto era inevitable y comprensible. Puedo decir que el tanto llorar me impedía respirar adecuadamente. Las cuatro paredes enemigas de mi habitación se acercaban lentamente, dando la impresión que querían aplastarme ¿Qué más daba si lo hacían? La reciente muerte de un padre es dolorosa. Pero saber que fui engañada por él, mi mejor amigo, era aún peor.
—Reconsidéralo —me dijo una voz en mi interior. ¿Cómo lo aria? No era sencillo ni fácil enterarte de la verdad y dejarla pasar así como así.

Luego de un rato de desahogo personal y ruegos de Helena abrí la puerta de la habitación.
— Perdónanos—dijo ella en lágrimas. Sólo la abrace.
— Perdóname tú a mí, me he comportado como una completa e inmadura idiota. Nadie hubiera hecho lo que ustedes han hecho por mí.
—Hija sea lo que sea te amo, aunque no hayas venido de mi propio vientre—fue un momento conmovedor.
La invite a sentarse en mi cama cubierta con un edredón floral.
 Me conto hasta el último detalle  y más a fondo todavía de este detalle de nuestro primer encuentro aquel verano de 1991. Lo que dejó en duda fue el tema de los dones, al parecer solo mi padre lo sabía
—Te quiero hija—me beso la frente, me limite a sonreír.
El reloj marcaba las doce y catorce. No me sentía intranquila… al contrario confiaba plenamente en cada una de las palabras de la mujer que había visto mi vida en dieciocho  años. Cerré los ojos dejándome vencer por un supuesto sueño.

Había susurros a mí alrededor pero no veía absolutamente nada. Ahora el reloj indicaba las 4:26 am.
 — Te advertí que tenía que ser a la buena—reconocí la voz pero no había ni un alma. Al instante sentí un mareo espantoso y el aire helado golpear mi rostro. No existe forma de explicar la brutalidad con la que lo hacía. De inmediato sentí que me sujetaban del cuello. No podía respirar, el oxigeno ya no llegaba a los pulmones. Trate de auto auxiliarme mas fue en vano.
— Estúpida la vas a matar. . .
La luz calaba hasta la retina de mis ojos. Seguramente aquella última voz tenía razón, me había matado ¿Sera como me lo habré imaginado? Paz y Tranquilidad. No, las nubes de algodón estaban allí como la última vez que jugaba póker con Mark. Me equivocaba de nuevo, se veían incluso temerosas al igual que el extraño paisaje. Los grandes pinos, matorrales, grandes y largas extensiones de flores silvestres: girasoles, violetas, rosas de todos colores, árboles caídos y pedruscos. Era el lugar más maravilloso que hubiera visto en mi vida, un mundo alienígeno.
Me introducí  por el dosel de ramas que colgaba de la extraordinaria flora. El aire que se filtraba de las hojas daba una estimulante curiosidad. A continuación no existía palabra alguna que describiera lo que mis ojos veían. Al pasar cada cosa que observaba era mejor que la que acababa de ver, no parecía tener fin, esto era realmente fascinante, sin límites de extensión.
En los pinos más altos había nidos de aves. Sus plumas eran de un azul turquesa—Son hermosas— repetí para mí. Una de ellas voló sobre mi cabeza, otras dos le siguieron.
No sé cuánto tiempo  llevaba en el lugar, pero me parecía que había sido sólo un minuto. No lograba aburrirme ni sentir temor a pesar de la corazonada que advertía peligro. El rio de agua cristalina jamás visto por mis ojos se encontraba ahí a unos escasos metros del punto en donde me ayeaba de pie. Como una niña con juguete nuevo corrí y me abalance sobre esta.
—Refrescante—pensé. Jugueteé al borde mojando mi semblante sucio.
— ¡Niña cuidado! —caí petrificada ante lo que presenciaba. Un enorme animal aterrizaba en la tierra con notorias intenciones de hacerme daño.
— ¡Levántate y corre muchacha! —Busque desesperada la voz chillona que me ordenaba huir. Tropecé con una piedra de gran tamaño al estar en busca de la mejor escapatoria.
— ¿Es un dragón?, no es real debo estar soñando…

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