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domingo, 20 de noviembre de 2011

Capitulo 6 "La rosa blanca" Parte 2


VI. La rosa blanca(6)

Parte II


Calixto Atel
Me sentía como un completo idiota. Aguardando a las afueras como un enamorado a una linda joven encantadoramente engalanada con un precioso vestido que yo mismo le había obsequiado. Para mí desgracia: de parte de mis más sinceros y puros sentimientos…que estúpido sonaba aún más cuando lo aceptaba. Por ningún motivo debía sentir un solo sentimiento de aprecio hacia ella. Me agradaba más de lo que desearía hacerlo ¿Cómo eludiría a estos torpes sentimientos? Sus ojos como perlas negras y su cautivadora sonrisa y sin olvidar que tenía el cuerpo de diosa. Una belleza destructora…
— ¿Qué pretendes Calixto? —Me reí soberbio ante su cuestión. ¿Más bien…Qué pretendía él? Desenmascararme…sí, eso quería.
— ¿Pretendes enamorarla siendo atento con ella y luego llevarla al matadero? —Su tosca fisonomía se torno roja de la ira 
—Tú no sabes nada enano entrometido.
—Se lo suficiente, de nada les servirá a ti y a tu madre asesinarla
—Cállate—le susurre muy despacio


— ¿Y bien…cómo me veo? — la melodía de su voz se retuvo en mis oídos. Cuando volteé al verla experimente una extraña sensación en mi pecho o quizá en una parte de él. Comenzare por sus cabellos: esté se ayeaba mojado mientras su rostro albugíneo se fundía en una profunda y alegre serenidad. Sus ojos marrones a la luz del sol le daban un brillo dorado que combinaba perfectamente con el tono vestido azulado. Un matiz único como en las grandes pinturas.
—Encantadora—articulo el ser de baja estatura
— ¿Y tú qué opinas Atel? —su sonrisa me causaba cierta controversia pero esta vez me había logrado hipnotizar. Quise pronunciar la palabra bellísima pero solo dije “bien” de una forma tosca y me gire hacia otro lado. Deseaba tanto seguir admirando cada centímetro de su belleza, más no debía. NO. “—Esto es nauseabundo—” me dije para mí mismo.
—Pues gracias— se cruzo adelante de mí dejando impregnado en el aire su aroma a flores, sin tratar de evitarlo inhalé su perfume. 
— ¿Ya vieron eso? —Apunto hacia una carrosa con todo tipo de adornos y luces. Y en ella había lindas damas tocando sus flautas y arpas.
—Son esplendidas tocando la flauta— oí mencionar a Rose. Quería estar lo más distante de ella así que les deje adelantarse, quedándome unos ciertos metros detrás de ellos.
—Es maravilloso— decía ella cada que veía cada uno de los disfraces de los hombres, mujeres y niños que cantaban felizmente en el desfile. Las horas avanzaban y parecía que no se acordaba de que yo estaba allí, ¿Acaso eso importaba?, claro que no. 
Me recargue en un barrote que estaba por ahí y observe cada uno de todos sus gráciles movimientos. Se le veía tan feliz… Todos en general lo estaban para infortunio de la Reina… ¿Así que celebraban un día en contra de mi madre? .Si ella estuviera enterada de esto. Llevaría a la orca a todos por igual.

Hacía más de cincuenta años que no me paraba por estos rumbos en mi forma humana. La última vez que lo hice fue en compañía de Myleshia, tomado de su largo manto y todos observándonos con el mayor temor que sus almas se lo permitían. Eran días a principios del inicio de su reinado. Lo recordaba muy bien…
—Calixto cada una de estas almas te pertenecerá el día que yo muera. Lo reinaras hasta el fin de sus vidas y generación tras generación.
— ¿Enserio madre? —pregunte asombrado. Las pupilas de mis ojos se dilataron conmocionadas.
—Si pequeño monstruo—A su afirmación, levante mi diminuta mano y salude a todos los individuos que nos observaban con atención
— ¡NO!—grito ella—Amistad con ellos jamás, ¿Entiendes?
— Lo siento madre, no lo volveré hacer—bajé la mirada avergonzado
—Y mucho menos con las guerreras, son engañosas… aunque de esas ya me encargue y dudo que aun existan querido— sonrió maliciosa
— ¿Ellas mataron a papá verdad? 
— El cerdo de Felipix las vengara con su última hija…eso tenlo por seguro mi pequeño.


Su última hija”…retumbo en mis oídos.



Las personas danzaban alegremente al ritmo de la canción, claro a excepción mía. Reían y se tomaban de las manos. 
La perdí de vista en cuestión de segundos. Mis recuerdos me habían distraído de ello. Alce la cabeza en su búsqueda divisándola entre dos hombres de mediana edad. Sus cabellos caobas revoloteaban al son del tintineo y flautado, reía como todos los demás al tiempo que sus brazos se extendían en cómicos pero gráciles balanceos. 
—Atel ven a bailar con nosotros—grito del otro lado, fuerte para que pudiera escucharla. Negué con la cabeza. La joven siguió brincando airosa y en ligeros trotes de bailarina. Inesperadamente una mujer regordeta y de aspecto gentil me tomo del brazo y me obligo a unirme al grupo de felices danzantes. Esto era bastante patético y embarazoso, si mi madre lo viera le hubiera provocado un desmayo o quizás más que eso. La canción cambio, esta vez era un estilo tranquilo pero igual de afable.
Bailamos y seguíamos sin parar. Hasta que algo llamo mi atención, a lo lejos pude captar una sombra femenina. No me equivoqué. Seguí danzando sin dejar de contemplar aquella presuntuosa silueta que se acercaba a la multitud. Pero no era una chica, si no tres. Una rubia que venía al frente de las otras dos, una morena a su lado derecho y una de cabellos rojos que se veía de menos edad a su izquierda. Eran guapas, casi tanto como Rosalinda. Me inquietaban sus imprevistas apariciones. La de cabello de oro me miraba firme y penetrante, mientras las otras dos se fijaban únicamente en Rose. Tenían un parecido extraordinario las cuatro, incluyendo a Rosalinda; sus rostros de ángeles y sus dedos pálidos y níveos al caminar. Las seguí sólo con la mirada pero siempre alarmante de lo que pudiera suceder respecto a ellas. La forma en que observaban a Rose no era de fiar. Sin embargo desaparecieron de la misma forma en que habían llegado. Parecía como si solo yo me hubiera percatado de sus turbadoras y alarmantes presencias. 
La música seguía sonando no obstante parecía llegar a su fin. Di dos ligeros saltos y una vuelta, acto seguido le concedí la mano a una chica un poco agraciada en belleza y así le di un giro circular a mí alrededor.
— Bailas bien At, que bueno que te decidiste bailar—dijo Rose una vez que se ayeaba en posición de bailar conmigo. 
—Me vi obligado— se rio. Esto por fin llegaba a su desenlace. Di dos ligeros brincos y la gire lentamente, casi tan despacio como si no deseara que el momento acabara. Sus caderas se contoneaban al ritmo del son mientras me rodeaba en círculos… ¿Cómo poder combatir contra eso?


— ¡HEEEEEEE! — el grito célebre se escucho demasiado fuerte en toda la extensión y con gran ímpetu por parte de los habitantes de Garlenhia. Finalmente concluimos el jocoso baile, su espalda blanca como la nieve quedó más o menos a la altura de mi torso donde incluso podía sentir sus delicados y pequeños omóplatos en contacto con mi pecho. Su cabello esparcía en mis narices una mezcla a frutas y lilas. Un inigualable, exquisito y delicioso perfume. Mientras yo detenía su brazo extendido a la altura de mi barbilla.
El tiempo se detuvo en cuanto mi reflejo se veía en su mirada. En lo que se refería a mí, apetecía quedarme así, contemplando sus hermosos y centellantes ojos marrones por más tiempo. Por el contrario, debía confrontarlo y ser autónomo en mis decisiones.
— Atel…yo…—tenía mis manos colocadas en sus caderas. Ella rozo sus dedos por mi cuello, quedándose allí. Al girarse en sus talones me miró intensamente, tanto que no sabía si eludir aquel dichoso instante que se avecinaba. De nuevo cerró los ojos como en aquella ocasión, ¿Quería besarme?, si y esta vez yo lo deseaba tanto o más que ella. 
—Tenemos que irnos antes del anochecer. Los espero a ti y a Corongio al cruce del rio, no se desvíen que yo sabré a donde van—le di la espalda y me aleje de ella. Había estado a punto de caer a mis propios deseos. 


Rosalinda
Me dejo desconcertada ante su repentino cambio de actitud. Estaba casi segura que esta vez me correspondería, mas no fue así. Probablemente mi cara se vería tal como la de una idiota. Por qué si ya me había prometido no volver a caer ante esos encantos masculinos tan suyos. Como era de esperarse, así era él, no cabía duda debía de dejar a un lado las ilusiones de chica enamorada para otro momento. 
¡No!, y mil veces no. Sentí que tenía la obligación de aclararle mis sentimientos hacia él, aunque ciertamente tenía pavor a que pensara él, respecto a eso. Era aún mucho más que atraerme, me ataba a él tal como el metal al imán. 
Valiente me dirigí hacia su ubicación: el cruce del rio. Èl se ayeaba recargado en un sauce llorón, similar como la de la noche anterior, me estremecí al recordarlo. Se veía monstruosamente guapo, aún con sus prendas algo sucias y sus botas manchadas de lodo, solo un poco.


—Atel—tropecé con una piedra, esta, insignificante para provocar una caída
— ¿Y Corongio? —
—Vine sola. Tengo que hablar contigo— mis piernas flaquearon. Por un momento pensé que me acobardaría en el instante.
— ¿Así? —Alzó la ceja—, ¿sobre qué? —Pregunto altanero
— ¿Crees en el amor? —Me acerque nerviosa
—Depende de qué tipo de amor. Aunque ciertamente no—contesto frívolamente 
—El de un hombre y una mujer—sus ojos azules estallaron como si me hubiera metido en terreno prohibido
—At, no puedes ser siempre frio y distante conmigo
— ¿Por qué lo aria? Te repito, así soy yo
—No, tu mirada dice otra cosa—acaricie su mejilla. Después de un chasqueo de mis torpes pies me acomode a la altura de sus labios.
—Déjame intentarlo— mi corazón palpitaba a grandes tocadas, casi podía sentir que salía y se daba a la fuga. El joven estaba atento en mis labios como esperando a que acabara con esto. A continuación coloque la otra mano en su ardiente mejilla.
De sus ojos sobresalía un brillo intenso, como el de la primera estrella a un lado de la luna en una noche de cuarto creciente. Mi corazón latía fuerte, ansiando el sabor de sus labios y más… y más. 
Era un sentimiento que jamás había vivido. Ingenua rocé su labio inferior con los míos muy despacio. Deseando que ese tierno beso jamás acabara. Pero Calixto siguió haciéndome a un lado. 

—Ya no lo hagas Rose— ante sus palabras. Una lágrima broto de mis ojos. Sólo deseaba salir corriendo de ahí y escapar de esta cruda realidad. Tropecé dos veces sin caerme. Agil para una chica desgraciada en el amor. Eso fue exactamente lo que hice.
De pronto sentí su paso a mi lado, tomándome del brazo.
—No lo volveré hacer—le dije mientras quitaba las lagrimas que bajaban por mi cuello. Entonces me apretujo contra su fuerte anatomía y comenzó a oler mi cabello.
— ¿Qué haces? — cuestione realmente confundida. En segundos sus labios se fundían en los míos violentamente y poco a poco bajando su velocidad. En mi cerebro solo corría el fugaz aire, ni un solo signo de inteligencia. “Todo en blanco”… Su aliento era una mezcla fresca-dulzosa, un sabor realmente placentero. Delicioso...
Sus manos recorrieron suavemente mi cintura y luego se detuvo. Contemplo delicadamente mis labios y los beso de nuevo más salvaje que lo anterior.
—No sé qué me pasa contigo, no debo, pero te deseo Rose—sus manos bajaron por mi cintura. Era tal excitación que chocamos con el oportuno tronco del pino. Testigo de una muestra de un juvenil amor. Yo también le deseaba. Le amaba con la mayor intensidad que mi alma lo posibilitaba. Tal vez incluso más. Seguí disfrutando de la magnífica degustación de sus labios expertos hasta que nos hizo falta el oxigeno. Sus manos jugaban con mi cabello mientras yo luchaba por encontrar la entrada debajo de su camisa.
—Te amo Atel…—el excitante momento se detuvo en mis ojos llorosos ansiosos de seguir amándole.
—Esto no está bien— articulo por lo bajo.
— ¿Qué te lo impide?... ¿Tú no me amas verdad? —sus resplandecientes ojos de mar me penetraron en lo más profundo de mi corazón. 

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